La escritura como la existencia, remiten al correr de la tinta, de la sangre que fluye a través de la calle y alimenta los infinitos pasillos de las escuelas, de las avenidas y las habitaciones vacías, otorgándoles vida cada vez y siempre distinta; fotograma tras fotograma, cuadro tras cuadro de una exposición granulada que se aproxima lenta pero inexorablemente hacia el fin de sí misma.
De este modo es que cada suspiro resulta una palabra no dicha aún. Cada suspiro es una posibilidad y así transcurridos devorando sombras que son resuellos. El aire que respiramos proviene de la intimidad, de lo profundo de los otros. Todos, entes incógnitos, pero al mismo tiempo, siempre nosotros. Así las cosas, no obstante su abismal diferencia, están más próximas de lo que se cree. La diferencia traza una distancia, un alejamiento y con ello, se descubre una falta primordial.
Al ahondar en lo anterior, podemos alcanzar un eslabón originario. De tan simple condición como es la falta, nacen los signos y los símbolos. Todos ellos siempre ha estado allí y tan sólo el brotar en un punto específico los hace llamarlos míos. Pero la falta no se elimina y cada uno de nosotros se muestra como un portal que abre y después calla; lo abierto del cual brotan fragmentos; seres de toda clase y especie. Cada época tiene su forma de nombrarlos y eso permite explicar la singular esquizofrenia de cada siglo.
Así entonces, mi obsesión radica en exponer esta apertura, este desgarramiento y que es, en sí mismo, el propio: llámese si se quiere el de la propia época, el del propio mundo, al tiempo que el más íntimo y personal. Preguntémonos: ¿escribir no es acaso, como toda creación, la manifestación misma de esa apertura, de un desgarramiento?