Vivimos rodeados de certezas aparentes, de nombres que fijan lo que vemos, de historias que cierran posibilidades. Pero ¿y si lo «real» fuera apenas un instante entre infinitos mundos posibles? Este texto es una invitación a contemplar la existencia como un campo de posibilidades que aún no colapsan, donde el ser, la identidad y el cosmos se entrelazan en una danza de incertidumbre. Aquí, lo que no ha sido aún, sostiene todo lo que es.
Sin elevarme de parte alguna, al final seré lanzado al cielo, evaporándome como un espectro que emana de todas las cosas. Ni frío ni caliente, ni luz ni oscuridad, sino ambas. Lo uno y lo otro en un fugaz instante de bosque o mar, así como en los cada día más frecuentes paisajes urbanos y en esa totalidad que denominamos «naturaleza».
Siempre fugitivo, trashumante, preso de un ciclo inocente que no se detiene y cuyo deseo arroja inenarrables fantasías. Desde la física, se afirma que —hasta el colapso de aquello que se denomina «función de onda»— las partículas pueden estar en múltiples lugares a la vez. Es decir: describen un campo de posibilidades indeterminado, hasta que son registradas en un punto, en un instante. Hasta que abrimos “la caja de Schrödinger”.
Puede sonar extraño, pero algo similar ocurre en el mundo que habitamos, sin necesidad de recurrir a la conjetura de los universos paralelos. Según Heráclito de Éfeso, el río es uno y muchos simultáneamente. Ese río podría pensarse como una función de onda que colapsa respectivamente en cada paseo cotidiano, en cada recuerdo y cada declaración amorosa; incluso en un simple vistazo. Lo mismo sucede con el agua, el cielo, el aire y con cada individuo que los contempla. Antes de fijarse en un registro visual o emotivo concreto, son, al mismo tiempo, amor, interés, nostalgia, alegría, un recurso o un objeto de estudio.
En el caso particular de nosotros mismos: ¿cuántos “yo” coexisten, consciente o inconscientemente, hasta colapsar en un sentido y con un significado, a través de quienes nos viven, piensan, trabajan con nosotros o nos recuerdan esporádicamente? Fuera de esos momentos en que se abre “la caja de Schrödinger”, todo lo que fuimos y todo lo que podemos ser convive en una fundamental indeterminación.
Es un juego esencial, donde lo que se actualiza refleja ciertas posibilidades en detrimento de otras, que sin embargo persisten en potencia y alimentan nuestra incertidumbre. De ahí que el “hecho físico” no sea tanto una verdad última como un registro parcial que no agota a la cosa misma. Al contrario, todo aquello que “no ha sido” sostiene, con su ausencia, lo que aparece como real, y puede irrumpir de pronto, cuestionando lo que creíamos conocer.
El aparente orden universal se fractura, y con él, cualquier certeza. Presos como estamos de la herencia histórica, inscrita en el lenguaje y los sistemas de fe, el pasado estrecha el abanico de posibilidades, conduciéndonos hacia fines más probables que otros. Un ejemplo curioso podría ilustrarlo. En la búsqueda de inteligencia extraterrestre, partimos de una idea preconcebida de vida y sus manifestaciones. Esto no agota las posibilidades del ser dentro del espacio-tiempo, pero sí restringe nuestra mirada a lo que nos resulta familiar. Es tan absurdo como pretender encontrar, en toda la historia de la humanidad, a alguien exactamente igual a uno.
La duplicación de semejante convergencia armónica es tan improbable que podría considerarse imposible o, al menos, indetectable. Y eso sin contar con la relatividad inherente al espacio-tiempo. Nuestra falla, entonces, reside en la tendencia a la homologación, a buscar lo semejante. Por eso la respuesta suele ser el silencio, que no es sino la voz misma de aquello que se resguarda más allá de nuestro horizonte, más allá del colapso.
Ante dichas visiones homologadas y homologantes me pregunto: «¿Por qué habría de ser uno solo?» ¿Por qué la vida habría de restringirse a lo sido en esta miserable partícula o mota de polvo que flota en el vacío del espacio-tiempo? ¿Por qué una sola verdad? Aún y cuando habitáramos el mejor de los mundos posibles, éste lo sería apenas por un instante de la eternidad.
En su lugar, aquello que surge ante mis ojos son posibilidades que no pueden reducirse, sin más, a los parámetros más probables dentro de una configuración de espacio-tiempo específica. Allende nuestro cauce, un incalculable un río de mil voces enmudecidas sostiene los más insospechados mundos y universos que bullen como la espuma de la cerveza.



