19 de septiembre 2.0

Luego de ver al presidente de México y políticos que le acompañan, algunas veces torpes e imprecisos pero atentos al sentido de la oportunidad y otras veces con sus mensajes cuidadosamente diseñados para presentarse ante la opinión pública, no puedo dejar de pensar en que los verdaderos representantes de México tienen sus manos marcadas por el concreto y los escombros, por el trabajo de repartir víveres y poner lo poco o mucho que tengan, incluidas sus habilidades profesionales, al servicio de su comunidad.

Luego de ver a los voluntarios de la sociedad mexicana actuando en favor de la víctimas del sismo, los políticos se presentan como figuras simbólicas, débiles e incluso prescindibles y no porque su función sea inútil, sino porque adolecen por regla de una verdadera vocación de servicio. Desde luego que necesitamos instituciones y una organización política, pero también es cierto que la mayoría de los actuales líderes políticos y sus partidos, no representan lo mejor de México. Más aún, en su mayoría no merecen hablar a nombre del pueblo mexicano.

De esta manera me uno a muchos que piensan que las campañas deben ceder su presupuesto a favor de la reconstrucción y atención a las víctimas del sismo. La política debe dar más de lo que ha dado hasta este momento. La gente no dudó, ni debatió, ni demoró en dar lo mejor que tenía: tortas de atún, un bolillo para el susto, agua, café, una bolsita con víveres e incluso su automóvil, su propia casa y recursos; no demoró en arriesgar su propia integridad física y su talento.

Centenares o miles no dudaron en dejarlo todo por aquellos que lo necesitaban, entonces por qué los partidos lo ponen en duda o se detienen a considerarlo. ¿Qué es lo que están tan ansiosos de salirnos a decir en sus campañas? ¿Les urge salir a decir que México es fuerte a través de su gente y que necesita un mejor gobierno? Gracias, ya lo sabemos y por cierto, ninguno de esos que dedicaron su vida y recursos lo hizo por un galardón, esperando la llegada de los medios de comunicación o pensando en el poder. Personalmente me gustaría ver que no sólo mis ex escuelas, el CUM y la UNAM como muchas otras casas de estudio, ceden sus instalaciones y talentos jóvenes para hacer acopio de recursos e incluso, para servir como albergues. Me gustaría ver también a esas grandes residencias de los políticos mexicanos salir a la luz en este momento, a más servidores públicos y funcionarios de primer nivel, escombrando o destinando su talento profesional en beneficio de la gente.

Es cierto que hay muchos modos de participar y que aún los modos más sencillos pueden llegar a ser decisivos, pero también es verdad que la política abona un gran peso sobre los hombros de quien la ejerce. Al respecto, recuerdo aún las imágenes de Nueva Orleans y la gente refugiada en el Superdome luego del impacto del huracán Katrina, esperando la ayuda un gobierno que al parecer no tuvo en ese momento la misma urgencia que usualmente tiene cuando se trata de política exterior. Otra vez no puedo dejar de pensar que, en la mayoría de los casos, la política no refleja lo mejor, sino lo peor de nosotros. La política se alimenta del poder y vive para el poder. En este sentido, la sociedad es su capital, su insumo, lo que no la hace ser representada instantáneamente. En muchos momentos críticos de la historia, es la sociedad en general la que tiene que actuar directamente, en virtud de las prioridades de la política.

Al final, a quién le interesa si Trump tardó una semana en dar sus condolencias a México luego del primer sismo, al menos se sabe que lo políticamente correcto nunca ha sido parte de su agenda o mejor dicho, de su naturaleza. A quién le interesan las condolencias del presidente de México o del jefe de Gobierno de la capital o del gobernador en turno. Lo que interesa es el apoyo real y efectivo, oportuno y directo que reciban las víctimas para superar sus pérdidas y las cicatrices tanto físicas como emocionales que deja una catástrofe de esta magnitud.

Los modales se pueden dejar para el cierre, para la conmemoración. Lo oportuno es hacer lo que miles de estudiantes, profesionistas, obreros y sociedad en general están haciendo: una cadena humana, un círculo hombro con hombro para resguardar a las víctimas y donde lo mismo es ser mujer u hombre, joven o viejo, tener tatuajes o piercings, ser gay o lesbiana. Lo importante son las acciones, salvar una vida y curar las heridas tanto emocionales como físicas; procurar, ayudar a sanar a quienes ahora padecen en extremo, uno de los peores meses en la historia de México. Si en todo ello hay algún destino, tal vez sea que el mes de nuestra independencia nos indica la verdadera independencia que debe asumir la sociedad mexicana frente a su clase política y todos aquellos presuntos representantes populares.