La Educación: ¿un valor para el mercado?

La Educación es el proceso mediante el cual, una sociedad transmite su singularidad histórico-cultural en el tiempo y que comprende la relación que establece con el entorno en términos de supervivencia o bien, como actividad productiva. De este modo, tanto los antiguos modelos educativos como los más recientes, no sólo refieren el modo en que se transmiten un conjunto de creencias, técnicas y conocimientos, sino la forma en que el ser humano se concibe a sí mismo y al medio ambiente del que forma parte.

A partir de lo anterior, el hecho de que los más recientes modelos educativos se enfoquen, de manera predominante, al desarrollo de capacidades para la explotación eficiente del entorno, nos habla de una cultura y un sistema de producción que concibe a la naturaleza como un recurso. Se trata de una cultura que, en vías de globalización, demanda capacidades para el aprovechamiento eficiente de los recursos naturales en sentido amplio.

Dicha cultura, producto de la modernidad Occidental, coloca en el centro no sólo a las necesidades humanas, sino a una subjetividad que hace de la inteligencia y la razón, la cúspide de la evolución natural. Se trata de un concepto de ser humano científico-técnico, cuyo sentido resta cualquier posibilidad para un desarrollo sustentable. Este último, demanda una humanidad fuera del centro, sin verticalidades jerárquicas y sometida a una horizontalidad que termina fusionándola con la naturaleza en una totalidad compleja.

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La sustentabilidad, como se aprecia en el gráfico anterior según el concepto establecido en Brundtlant Commission: Our Common Future de 1987, distingue a lo sustentable como el centro integrador de tres sistemas: ambiental, económico y social. Se trata de un buen avance, pero el problema de fondo se mantiene, pues de los tres conjuntos en interacción, dos de ellos refieren a la vida humana. Se trata de una centralidad «enmascarada», cuyo interés por la  sustentabilidad deriva, principalmente, de las sombrías perspectivas que arroja el agotamiento de los recursos y las aún más recientes proyecciones sobre el calentamiento global.

Los esfuerzos se concentran en la búsqueda de un modelo que garantice la preservación del medio ambiente y sus recursos, para el futuro de la humanidad. Sin embargo, esto último no será algo posible, sin antes acaecer una confrontación con el pensamiento científico-técnico y su subjetividad inmanente; es decir, sin un nuevo sentido en la relación humano-naturaleza. Mientras que la humanidad y más específicamente, un sentido de lo humano se encuentre al centro, concibiéndose como la cima de la evolución, no sólo la vida no humana deviene dispensable, sino que la misma diversidad social tiende a decaer y verse sometida por dicha jerarquía que excluye a todo aquello que no participe de su sentido eminentemente técnico-utilitario.

Desde hace poco más de 30 años, con la hegemonía del mercado sobre la organización política, la ganancia y con ella, la explotación técnico-utilitaria de la naturaleza, ha alcanzado niveles alarmantes. Ello se refleja no sólo en los niveles de consumo global, sino en el modo en que éste ha transformado la vida de las sociedades más diversas, al tiempo que su dinamismo tiende a concentrarse en ciertos núcleos de población relativamente pequeños, pero con una alta demanda de recursos. En consecuencia, el dinamismo de los Estados Unidos y de la China industrial, por ejemplo, produce un mayor nivel de deterioro en el medio ambiente que lo que son capaces de producir el continente Africano o los países más pobres de Asia y América Latina.

A partir de dicho dinamismo, los mercados tienden a una segmentación que amplía  la brecha tecnológica entre distintas sociedades, lo que resta sus expectativas de desarrollo y más aún, de supervivencia a largo plazo. La vida entera del planeta tiende concentrarse en ciertos núcleos, haciendo que las tendencias educativas respondan a sus ritmos y necesidades, a riesgo de quedar excluidos del crecimiento económico.

Sociedades enteras, tanto como los distintos individuos que las integran, quedan desvalorizados en relación con la dinámica del mercado y sus «centros» globales, lo que tiende a ampliar aún más la brecha, no sólo entre el ser humano y la naturaleza, sino entre los seres humanos entre sí. En beneficio de los núcleos económicos más dinámicos, cuyo consumo demanda, día tras día, mayores recursos, se les arrebata el futuro a un número cada vez mayor de sociedades y ecosistemas.

De persistir esta tendencia, la diversidad natural y cultural se irá reduciendo. Ante dicho escenario, lo que se demanda es una «responsabilidad», definida a partir de los términos que la misma palabra nos sugiere y que resultan aún más transparentes en idioma inglés: respons-ability; una habilidad para responder; la habilidad de generar una respuesta. A manera de ejemplo, si alguien me dirige una pregunta, mi responsabilidad deriva de mi capacidad o habilidad para responder. Ser responsable, significa poder ofrecer una respuesta efectiva; una respuesta de calidad.

Al escribir este artículo, trato de ofrecer una respuesta a preguntas que, si bien no me han sido dirigidas, ni planteadas directamente, las considero relevantes en función de la propia interpelación que me hace el entorno. Este artículo, es entonces el resultado de mi habilidad para responder a ciertas «cuestiones» (interrogantes), lo que pone en juego mi responsabilidad.

Pero ahora, qué es aquello que consideramos una respuesta efectiva. Esta última recae en mi capacidad de atender a las preguntas me son dirigidas y aquello que cada una plantea, antes que desviarlas, desvirtuarlas y con ello, tratar de imponer mi discurso. En otras palabras, una efectiva respuesta es aquella que atiende y presta oídos, que escucha antes que hacer oídos sordos a la interpelación. No hay responsabilidad, sino retórica sofista y aún ésta, en sentido bajo, cuando no hay atención; cuando no hay una escucha a lo «otro» que me dispone la interrogante.

Se trata de un proceso de «escucha» y respuesta que me remite instantáneamente a un acto de comunicación. Así entonces, donde hay co-responsabilidad, se funda un efectivo intercambio que pone a las partes contrarias en «común» y de este modo, se dice que se comunican. La responsabilidad conjuga un lazo entre el que pregunta y el que responde; entre el que lee y el que escribe; entre el que escucha y el que habla; entre lo nuevo y lo viejo; entre alumno y maestro.

Ambos extremos se intercambian de manera constante, lo que hace que la responsabilidad remita a una efectiva comunicación y con ella, a un proceso horizontal que sienta la base de una comunidad. Sin comunicación, no hay comunidad, tan sólo un ejercicio de autoridad. Así entonces, si un niño me dirige una pregunta aparentemente sin sentido, el ejercicio autoritario tiende de inmediato a descartarla, identificándola como algo baladí, pero que en realidad pone de manifiesto algo ajeno a ese mundo; algo, un punto de vista ajeno a dicho horizonte de comprensión o en otras palabras, a su respectivo dominio.

Con la falta de comunicación, se pierde la comunidad educativa, lo que pone de manifiesto una falta de responsabilidad por parte del docente. Asimismo, si no se siembran las bases de la escucha, también el niño adolecerá de su responsabilidad como parte del mismo proceso, lo que puede extenderse a individuos de distinto origen, tipo y nivel formación. Todo ello hace que nuestras sociedades se jerarquicen instantáneamente y pierdan el fundamental sentido comunitario. Una vez más, a la base se encuentra la responsabilidad, así como la hemos definido.

Por el contrario y si en lugar de descartar aquella pregunta «sin sentido», soy capaz de atenderla, escucharla y profundizar en ella o incluso, decir algo tan simple como «no lo sé», «no estoy seguro» o «no lo había considerado», de inicio reconozco que mi habilidad para responder es puesta en entredicho. Hay una pérdida de centro, una falta de empoderamiento frente al otro, pero que antes que vergonzosa, descubre el modo en que la responsabilidad despliega un auténtico potencial creativo. Quien no ofrece una respuesta sólo por ofrecer una respuesta, ni trata de someter al otro al respectivo horizonte de comprensión, accede a una búsqueda en común; establece una comunidad a partir de la búsqueda conjunta y de este modo, se accede a un acto creativo que tenderá a ampliar el respectivo horizonte de comprensión.

Como fuera el caso del niño, lo que esa mirada más próxima a la naturaleza y más distante del mundo me está haciendo «ver», es precisamente, el límites de mi responsabilidad y con ella, el límite mismo de mi horizonte; de ese sentido o mundo que trato de enseñarle. En los límites de mi responsabilidad, por consiguiente, recae el potencial creativo de la ciencia y sólo asumiendo íntegramente mi responsabilidad, asumo los límites de ese mundo que «soy». En última instancia, ma descubro como parte de un horizonte de sentido y en cuanto tal, firmemente limitado.

Reconociendo a ese niño y en general al «otro», antes que como un ignorante, como alguien que me confronta con los límites que me constituyen, accedo a un punto donde es posible «ver» las cosas fuera de mi horizonte. En otras palabras, puedo aprender de mi mismo y de lo «otro», reconociendo los límites que me constituyen. Gracias a este proceso, donde el alumno no se sitúa al centro, ni tampoco el profesor, sino que, a partir de la mutua responsabilidad, ambos conjugan un proceso, los respectivos límites pueden ampliarse creativamente. A partir de ser co-rresponsables, como base primordial del proceso educativo, las partes que lo integran alcanzan un punto en común; esto es, la recíproca ignorancia y con ello, la base de una comunidad.

De ahí que, finalmente y como tercer elemento, lo que se demanda para un desarrollo sustentable es, justamente, una comunidad integrada horizontalmente y que no sólo comprende a lo humano, pues lo último que confronta a los individuos es el entorno. Ese proceso de comunicación, a la base del proceso educativo, enlaza por su horizontalidad constitutiva con el medio ambiente, hacia el cual, es menester ahora desarrollar esa misma capacidad de escucha y una responsabilidad que siente la base de una nueva comunicación y una nueva comunidad. Tomando palabras de Prigogine y Stengers, una «nueva alianza» que rescate a la humanidad entera de las garras del mercado y su subjetividad inmanente.