Disidencias liberales: Trump y Brexit

Es sintomático que los principales promotores del libre mercado, sean ahora los primeros en dar marcha atrás. A partir de las Universidades de Chicago y Stanford, entre otras, los Estados Unidos de Norteamérica han sido un referente global del denominado pensamiento neo-liberal y sin embargo, ahora, el presidente Donald Trump se asume como un proteccionista. Al mismo tiempo, la Gran Bretaña –que en su momento también se destacara por su «liberalismo atenuado» o Tercera Vía–, anuncia su salida de la Unión Europea.

Básicamente, lo anterior es consecuencia de un principio básico del mercado: la libre competencia y que, por inercia propia, implica el libre flujo de las fuerzas comerciales. De origen, el liberalismo económico recibe su nombre del privilegio de esta iniciativa, propiamente individual, frente a las decisiones de carácter colectivo impuestas por la monarquía. Si bien, la democracia moderna recibe de lo anterior su decisivo impulso, su carácter colectivo proviene de una comunidad de intereses comerciales; en otras palabras, la democracia moderna es una «democracia burguesa». Fuera de esta comunidad de intereses comerciales, hay una contradicción de fondo que enfrenta al colectivismo democrático con individualismo liberal.

No es casual entonces que para el liberalismo, no haya otra comunidad que la comunidad del mercado, integrado por un conjunto de intereses individuales en libre flujo y libre competencia. Por mor de sus particulares intereses, esta última deviene contraria a los intereses de una comunidad más amplia, diversas y compleja, reunida en el interior de los gobiernos estatales. Sin ahondar por ahora en el tema de cómo esta diversidad se filtra e integra a la comunidad del mercado, cualquier tipo de intervención estatal y básicamente política en el libre flujo de las fuerzas comerciales, resulta contraria al liberalismo.

Básicamente, las diferencias deben someterse a las fuerzas del mercado y la libre competencia individual, cuyo principal motor es la ganancia. Como resultado, no sólo cualquier intervención estatal deviene contraria a los intereses de esta democracia económica, sino que la diversidad social y cultural termina sometida a las fuerzas comerciales, lo que da lugar a una concentración y centralización del capital. Desde luego, no se trata de un centralismo político, sino de un centralismo de capital y que tiende a concentrarse en los núcleos más dinámicos del mercado, tal y como puede apreciarse en el siguiente mapa, relativo a la sede de las 500 mayores empresas del mundo.

Empresas por PaísesFuente: Joan-Eugeni Sánchez.

Las consecuencias de esta distribución son amplias y deberán ser tratadas en diferentes momentos, pero por ahora, lo que ésta y semejantes mediciones vienen a indicar, es lo que se denomina: núcleos económicos globales; esto es, aquellos puntos donde el fluido sanguíneo del capital y los recursos naturales tienden a concentrarse. Si bien, en primera instancia, el mismo mapa pudiera entrecomillar los intereses de Donald Trump por traer de vuelta a las empresas que han dejado su país, lo cierto es que el presidente de los Estados Unidos hace referencia a una de las consecuencias más características de la globalización como proceso de democracia económica y de libre mercado: las condiciones no sólo geográficas, sino socio-políticas y económicas, devienen estratégicas en términos de rentabilidad.

Lo anterior significa que, para la actividad económica, la prioridad recae en maximizar sus rendimientos productivos, generando menores costos y mayores ganancias; obteniendo más y mejores beneficios fiscales e incluso, una normatividad más flexible. Así entonces, Así entonces, un país o una región lo suficientemente estable como para ofrecer garantía a las operaciones comerciales, pero con menores regulaciones ambientales, derechos al trabajador, nivel de ingresos, entre otros, puede resultan atractivo. Como se aprecia, trasladar operaciones de un país a otro, o de una región a otra, no implica que las mismas traigan consigo los beneficios de una elevada rentabilidad. Antes bien, los intereses comerciales descubren en lo anterior, su carácter en esencia contrario al de los denominados intereses «nacionales»

Si se coincide en entender al capital como la forma social que adquiere la energía vital humana y del planeta, entonces estos núcleos otorgan sentido y absorben progresivamente la vida y los recursos por entero, desertificando a las otras regiones, imponiendo nuevas jerarquías y suprimiendo progresivamente la diversidad global. Por ahora, lo cierto es que Donald Trump, si bien parte de estos núcleos, ha hecho destacar el poderío global de los mismos y parece querer someterlos a los límites de sus propias fronteras y esferas de interés. En términos populistas, quiere prioridad para los norteamericanos y que se entren sujetas a la normatividad de ese país. Gran Bretaña, por su parte, también ha padecido los costos y el gran peso que le significa a su economía interna, la integración comercial y productiva.

Se trata, tal vez, de la última embestida o disidencia de la figura Estado contra los intereses económicos. En todo caso, la dinámica de la globalización como democracia económica y de libre mercado, ha dejado en claro que no tiende hacia una distribución global de la riqueza, sino hacia una concentración y centralización de la misma, ya sea al interior de los Estados o de los Centros Económicos Globales. En una palabra, es como si el mundo entero se secara lentamente y toda el agua pasara a concentrarse en las regiones indicadas en el mapa. El hecho último es, si dicha excedencia, se concentrará en corporativos o instituciones multinacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, en ciertas regiones comerciales o bien, en países como Gran Bretaña, Alemania, Francia, algunos otros puntos de Europa, Japón y desde luego, a los Estados Unidos. Al final, en ellos y sólo en ellos, tiende a concentrarse el trabajo y la riqueza de la diversidad global.