A lo largo de diferentes conversaciones sostenidas estos últimos años con distintos empresarios y políticos, principalmente de los Estados Unidos, se destaca una percepción nada favorable sobre el modelo de negocios de México. Sin dejar de reconocer los avances de la economía mexicana, cabe reconocer que la cultura productiva del país aún se encuentra en desarrollo. Recordemos que la productividad fue, de hecho, uno de los principales tópicos en la agenda del expresidente Carlos Salinas de Gortari quien, en su momento y teniendo en cuenta las disposiciones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, así como el imperativo de superar la crisis estructural del sistema económico de México, se dio a la tarea de introducir dicho concepto, con todas sus implicaciones.
La tarea no fue sencilla, pues la cultura mexicana es de carácter vertical, centralista y proteccionista, con una tradición de monopartidismo (PRI), componendas corporativas, patrimonialistas y concentradoras de las necesidades sociales. Esto es, una cultura política de subsidios, sindicatos, clientelas y cuotas de poder, donde los principios de la productividad y la libre competencia, simplemente no tenían lugar. El «amiguísimo», el «compadrazgo» y desde luego, el «dedazo», caracterizados popularmente bajo las frases, *el que se mueve no sale en la foto* y *¿Qué hora es? La que usted diga, señor presidente*, dan testimonio coloquial del modelo de “desarrollo” y de los cimientos de la sociedad y la economía mexicanas.
En otras palabras, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y sus predecesores, estabilizaron al país sobre la base una cultura profundamente autoritaria, ajena a los principios de la libre competencia en sentido amplio. No es extraño, por lo tanto, que el PRI, históricamente, resulte más un partido de “izquierda” que de “derecha” y que, a la postre, forja con esta signatura a la clase política y empresarial de México. No sólo la simulación democrática del PRI alimentó durante años a partidos como el Popular Socialista, sino que, el actual Partido de la Revolución Democrática —quien tomara el lugar del antiguo Partido Socialista Unificado de México, luego de la incursión del Frente Democrático Nacional— se desarrolla bajo el liderazgo de los ex-priístas Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Porfirio Muñoz Ledo.
A partir de lo anterior, no sólo Andrés Manuel Lopez Obrador, sino hasta el ex-salinista Marcelo Ebrard Casaubón, se adjudicaron la denominación de “hombres de la izquierda”, no obstante lleven en la sangre el ADN del PRI. Andrés Manuel López Obrador es fiel reflejo de esa cultura; un líder populista y movilizador de clientelas; un mesías capaz de ofrecer grandes obras sociales pero carentes de planeación productiva. Más allá de la opinión de sus asesores, técnicos, especialistas o ingenieros, se encuentran sus muy personales expectativas de poder. Más recientemente y como solía escucharse en las reuniones del Gobierno del Distrito Federal con los miembros de la iniciativa privada –específicamente durante la implementación del Plan Verde en la pasada administración de Marcelo Ebrard–, «para la política mexicana, lo urgente (entiéndase: los intereses del patrón) resulta más importante que lo importante».
Así se explica el caso de la Línea 12 del Metro, donde al tren se lo tenía que hacer andar aún con “burros” si fuera necesario –palabras de Marcelo Ebrard–, y porque ya fuera viable técnicamente, sino porque ya se habían programado los recorridos de fin de semana. Al grito de “puedes o lo hago yo”, la obra tenía que estar terminada antes del fin de la gestión de Ebrard Casaubón, pues la obra constituía su “gran sello”; se trataba de esa obra monumental que buscan los mandatarios y que en México, toma el lugar de las estatuas de los antiguos líderes autoritarios.
Si bien hubo mejoras importantes, la administración de Ebrard Casaubón no heredó a una ciudad con movilidad urbana, ni mucho menos, con movilidad social. Previamente, con Andrés Manuel López Obrador, algo semejante ocurrió con los segundos pisos y el famoso “emplacamiento”, donde hasta los funcionarios públicos tuvieron que salir a repartir las placas para cumplir con los plazos anunciado públicamente por el líder.
La pregunta entonces, es muy simple: ¿cuánto dinero se pierde por la falta de una planeación productiva? ¿Y cuánto más se ve comprometido por la iluminación, las ambiciones y los compromisos de poder de un líder? La Línea 12, por si misma, es un ejemplo y en el caso de López Obrador, los caprichos mesiánicos le costaron caro: si el líder no consideraba oportuno ir a un debate, sencillamente no lo haría; no obstante Marcelo Ebrard tuviera mejores oportunidades de alcanzar la presidencia, su liderazgo terminó imponiéndose.
La lógica donde al Führer no se le cuestiona, sino que se le interpreta y obedece, sólo cosecha éxitos instantáneos y fracasos al mediano y largo plazo; tal como pudieron atestiguarlo la alemania nazi, la antigua URSS e incluso, en la actualidad, el régimen de Corea de Norte. El factor clave recae en la principal característica de este tipo de cultura política: el centralismo del poder y el proteccionismo clientelar. Dicha cultura, contraria a la libre competencia, fomenta el aniquilamiento de la innovación, de las fuerzas y del capital productivo; con todas sus letras, es un germen de deterioro y desigualdad.
Habría entonces que preguntarnos, respecto de la transformación económica de México, ¿cuánto nos cuestan las cuotas de poder patrimonialista? Entiéndase lo anterior en sentido amplio: todos los “power” (chorizo-power, gay-power, ‘lo que sea’ power) ¿Y los grandes capitales engendrados por ese poder político, qué tipo de desarrollo económico y social ofrecen para el país? No obstante el impulso de México como una economía emergente, la falta de una cultura productiva le resta cualquier expectativa de desarrollo a largo plazo. México es la principal víctima de sí mismo; de aquello que, en su momento, te otorgó la estabilidad como país y que constituye, el principal signo de su cultura: el patrimonialismo centralizador.