Cuatro Paradigmas Deconstructivos (2)
Las logias de enajenados que visten la moda de una deconstrucción prólijamente estilística, pierden de vista la recuperación francesa de Nietzsche y con ello, el heretismo fundamental que sostiene la deconstrucción. Se trata en un sentido del acto de leer, de una estrategia de lectura, pero también, del acto que des-nuda el fractal serpentino de las circunvoluciones que se diseminan hasta la más incógnita profundidad. Y como el mismo Derrida escribiera: se trata de quemar. Y es que no hay deconstrucción sin disolución, sin comunión con el más elemental impulso dionisíaco. En esta medida, el quehacer que deconstruye se presenta como destrucción y acto creativo. El impulso deconstructor destruye-crea un trazo, un sendero, un sonido, un enunciado; crea-destruye a la manera del pulso que llena la sangre: Sístole-Diástole, Apolo-Dionysos, Bios-Thanathos. Aquello que se deconstruye resulta básicamente lo mismo que somos, vida-existencia y un solo flujo menádico: Zoé, una y otra vez, siempre lo mismo, pero siempre distinto.
Personalmente disfruto la herejía y su combate, socavar el texto, acariciar sus genitales. Disfruto admirar su violencia e intimidad; beber de la sangre caliente de sus venas y devenir en el trance demónico de Peithô-Apathè. Así entonces, este 17 de julio, la propuesta consistió en emprender una lectura; pero no la de un texto literario o filosófico. La pretensión fue mucho más simple: una página. Palabras reunidas coma tras coma, mesa tras mesa y punto tras punto del Cafè-Bar «Las Hormigas». El objetivo fue producir un sismo, sacudir las estructuras hasta hacer saltar los márgenes de la cuartilla y ponerlos en evidencia. Como resultado, antes que una cálida seducción amorosa, acometió el impulso de Pan. Semejante transgreción del espacio consagrado a Ramón López Velarde, hizo que el sutil apetito por la erudicción narrativa –esa que masculla palabras de amor al oído–, pronto se desbordara. Por un lado hubo persecusión, del otro, la reacción que se produce cuando la víctima entra en contacto con el violador y el miembro acomete sin mayor alimento de caricias verbales. La víctima ocultó su intimidad, se retorció en un esfuerzo que apeló al engaño, a la traición y de hecho la hubo de alguna manera. ¡¡La máscara es el mejor instrumento para vencer el cinturón de castidad!! Y tras lo dicho, se vulneró el espacio sacro y su hambre de presencia, ya fuera por la vía del profeta o del iluminado.
Es posible transgredir con una pluma, pero… ¿y si ésta se vuelve un falo? Es una travesura divertida manchar la corteza o la entrepierna con orina pero… ¿y si la tinta se vierte como el semen? En ambos casos hay creación pero no se trata de la misma poesía y sin embargo, el tribunal de los Eunucos determinó su sentencia: ¡¡Es la Casa del Poeta no la Casa del Filósofo!! Y ante sus verdugos dijo el crucificado: «Todo se ha consumado». El espacio-mundo impuso el conjunto de relaciones que le dan forma y dictó su condena al violador. Una vez más, Zeus admiró la entrega de Zagreo a los Titanes. Las huestes frígidas y estériles continuarán con sus excelsos ejercicios de metáfora y sus elaboradas estrategias de lectura –seguramente parte de avanzados estudios literarios– y sin embargo, la creatividad que posean no ha problematizado lo suficiente el texto más fundamental: el propio ente que somos y sus relaciones al interior de la cuartilla. No obstante lo anterior, las ménades se alimentaron con las vísceras que latían bulliciosas antes de desaparecer entre sus dedos. Quienes hayan podido verlas, tal vez adviertan que el texto más cercano continúa siendo el más distante: nosotros mismos. El pensamiento es con frecuencia frío cuando se ve desprovisto de fuego y en México nos place trabajar a la luz de las velas. En ausencia de revelación dogmática las vestiduras se desgarran y los cirios iluminan los retablos de colecciones anticuarias. La verdad sigue participando de nuestros juegos de azar con su más tradicional ascepción de «adecuaetio». Aún la palabra Alêtheia suena a cacofonía. Al pronunciarla, los ojos se dilatan con total incomprensión de su presencia en el discurso. Se exige la «adecuaetio» y se ignora aquello que transporta la voz de las hijas de Zeus y de Mnemósynè.
No obstante la castración predominante, cada palabra, cada letra se mantiene como un vórtice. La tensión que provoca el simple colocar el índice sobre un párrafo violenta su estabilidad; supone la estimulación de una polisemia que propende a derramar su jugos de extraños aromas; voces ocultas, equívocas, extremadamente complejas e irreductibles. En esta medida, la deconstrucción constituye un acto poiético. Poiesis que no es patrimonio del versificador del claustro o del penitente academicista sino del endemoniado. Antes que la búsqueda de un sentido oculto en la viveza de la conversación se trata del entramado de relaciones de sentido que subyacen en el habla y la disolución de cualquier presunta o supuesta unidad de sentido; un devenir aquelarre que implica el conjuro de las voces del Tártaro y el placer de la comunión de fuego. Por todo lo anterior, la noche fue deliciosa.